Visita al mercado

 

Hoy fui al mercado, caminé por el pasillo de la entrada que viene desde el Cerrillo, lo primero que extrañé fue ese gran puesto de plátanos de tenía de todas las variedades, ahora los plátanos están arrinconados en una orilla, los guineos, dominicos y plátanos macho han sido sustituidos por chanclas, zapatillas, botas y todo tipo de calzado de plástico. 

En el pasillo principal, es raro el puesto que tiene frutas o verduras, quedan algunas hierberías, un puesto de canastos, otros de guajes, y uno. Ahora abundan los puestos de chanclas de plástico, de mochilas, cajas de regalos con grandes moños, fundas de celulares, peluches, brasieres, más chanclas, más mochilas, más fundas de celular. 

Al final del pasillo comienzo a ver las verduras, las frutas, me doy cuenta de hay una nueva sección, un nuevo pasillo techado, y ahí está la comida, algunos puestos de pollo, de maíz, de flores y todo vuelve a ser un poco familiar, pero hay algo muy extraño, que me causa repele, que me hace sentir ajena, otra vez, desconectada de esas decisiones que ocurrieron a lo largo del tiempo, toda la comida está expuesta para la venta, pero envuelta en bolsas de plástico. (Para mi sorpresa, me sorprendo de mi reacción de desaprobación) ¿Por qué las bolsas?, ¿está separada por kilos?, ¿para que sea más rápido llevarla? ¿se puso de moda? la tradicional “medida” que era un canasto con la fruta o un montoncito, directamente en el piso, ha sido intercambiado, como los plátanos por chanclas. 

Ya en las afueras del mercado, algunas cosas permanecen igual, señoras que agarran por las patas a sus manojos de gallinas vivas, pequeños puestos improvisados de habitantes que bajan de sus comunidades con lo que cosecharon ese día en la milpa, personas que venden pequeñas porciones de hongos silvestres, me acerco a una de ellas y le pregunto cómo se llaman esos hongos y cómo se cocinan, y me responde con una mirada esquiva, diciendo que NO con la cabeza, no me habla, no me mira, ambas respiramos la sutil hostilidad, no hablamos el mismo idioma, yo aún no he aprendido a hablar tsotsil, la incomodidad nos abraza. Siento ganas de llorar, y me voy caminando hacia el centro del pueblo, entre la gente y el plástico, y lloro calladita, porque en algunas cosas permanecemos igual.

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